lunes, 24 de octubre de 2016

Rosa es una rosa es una rosa


Gertrude Stein, Alice Toklas y Basket
La Historia del Arte está llena de nombres que han marcado el devenir de los distintos estilos, etapas o movimientos que se han ido dando a lo largo de los siglos. Nombres de pintores, escultores, arquitectos o escritores, que con su nueva visión de ver y entender las formas plásticas las hicieron evolucionar al ritmo que también iba marcando la historia, los cambios políticos, los gustos o los marchantes y clientes. Nombres, que en su mayoría, pertenecen a hombres. Pero dentro de ese círculo restringido, también destacaron el de mujeres que hoy vamos conociendo: Sofonisba Anguissola en el Renacimiento, Artemissa Gentileschi  en el Barroco... También en nuestro país hubo mujeres artistas como Luisa Roldán "La Roldana", escultora de cámara por Carlos II y posteriormente por Felipe V. A partir de ese momento comenzará a firmar las obras con su nombre.



Más avanzado el tiempo, la presencia femenina, se irá convirtiendo en "habitual" en los círculos artísticos, sin que tengan que depender de un padre o un marido que las avale, como es el caso de María Blanchard que, junto a Juan Gris, dieron el impulso definitivo al cubismo sintético. Un movimiento del cual, aunque desarrollado en París, Gertrude Stein diría que es típicamente español. Esta americana afincada en la ciudad de la luz, tendrá un papel fundamental en el desarrollo y consolidación del arte moderno por su papel como coleccionista, marchante y anfitriona en tertulias. Aglutinó en torno al salón de su casa, a los que se convertirían en los más destacados artistas de un período tan convulso como los momentos previos y posterior desarrollo de la Gran Guerra.

Hermanos Stein
Gertrude Stein llega a París desde Estados Unidos en 1903, siguiendo los pasos de su hermano Leo, el verdadero coleccionista y el mejor conocedor del arte del S.XX. Pero quién les anima al coleccionismo, no es otro que su hermano mayor Michael, proporcionándoles el dinero acumulado en sus fideicomisos. Los Stein favorecieron la compra de obras de artistas consagrados, pero sobre todo, posaron sus ojos en aquellos que el Salón Oficial de París cercenaba por considerarlos demasiado transgresores. Su talento para descubrir a estos jóvenes artistas hizo que se convirtieran en unos de las mayores coleccionistas de arte moderno de su época. A eso hay que unir que, la obra de los que consideraban los cuatros grandes: Manet, Cézanne, Renoir o Degas, y que decoraba el salón de su vivienda en el Barrio Latino de París, estaba adquiriendo en la venta un gran valor, escapándose ya de sus posibilidades económicas. Esta es la razón última por la que se decantaron hacia nuevas promesas.

Pero al igual que su pasión por el arte unió a los hermanos Stein, también llegaría la ruptura. Leo apostó y vio en el Fauvismo una nueva revolución artística, apostando por Matisse y su obra. Un gusto que no contagió a Gertrude más partidaria del joven Picasso. Gertrude fue una mujer adelantada a su tiempo, prefería las nuevas formas del malagueño y de Juan Gris, del cual dijo que era su heredero natural. Gracias a ella Picasso fue conocido en todos los ambientes vanguardistas de la capital francesa. En ellas, veía el paso definitivo que la modernidad necesitaba, impregnadas no sólo de técnica sino también de formas mucho más revolucionarias que hicieron, que en la actualidad, su importancia y carácter sigan siendo considerados abanderados de un momento tan destacado. Quizá, porque ella fue una más del círculo cubista, entendiendo como ellos, los preceptos de un movimiento que es tan personal como artistas forman parte de él. Pero también, su fuerte personalidad transgresora y excéntrica era la apropiada para este incipiente movimiento. Una personalidad que se puede asimilar a las formas cubistas que se unían en creaciones originales, en las cuales se eliminaron las tres dimensiones, optando por composiciones que se desarrollaban en un plano, eso sí, vistas desde múltiples puntos de vista, que no hacían otra cosa que obviar el punto de fuga que había caracterizado el logro de la perspectiva lineal desde el Renacimiento. Gertrude era así, original, independiente como las diferentes perspectivas de un lienzo cubista, pero al mismo tiempo integrada en una sociedad que la amaba y odiaba a partes iguales. Los diferentes colores que matizaban su vida de una forma arbitraria, eran los mismos que el cubismo se encarga de difundir sin agarrarse a los convencionalismos de una sociedad que estaba dejando a un lado la tradición.

El lugar de intercambios de todas las ideas que iban surgiendo, como apuntaba antes, era el salón de su casa parisina, ubicada en el 27 Rue de Fleurus, en Left Bank. 


Allí, y a imitación de las tertulias que se llevaban a cabo en los salones de los hogares franceses del S.XVII, se dieron cita artistas de todas las disciplinas. Al frente de aquellos primeros salones estaban mujeres, las cuales se erigieron en las verdaderas impulsoras de estos lugares de esparcimiento cultural heredado del S.XVI, donde el tema predilecto de conversación era el literario. Mujeres que dieron nombre a cada uno de ellos. El primer Salón fue el de Madame Rambouillet en los primeros años del S.XVII. La importancia de la mujer era tal, que los diferentes escritores que con sus obras darían paso a la modernidad, se acercaban a ellas a través de las tertulias que ofrecían en sus salones decorados y tapizados para la ocasión. El objetivo, es que su talento fuese reconocido, ya que otorgaban a las mujeres la capacidad de influir en los juicios de sus contemporáneos. Ellas, decían, estaban dotadas de unas cualidades verbales de las que los hombres carecían. En Gertrude Stein vemos a una de aquellas damas burguesas. Como ellas, convirtió su casa en un verdadero reducto de modernidad, en un momento donde los cambios se sucedían muy rápidamente. Pero su Salón era una mezcla de pintores y literatos como Ernest Hemingway, Ezra Pound o Francis Picabia entre otros. Americanos y europeos se daban cita los sábados. Nunca antes las artes estuvieron tan bien relacionadas entre ellas, entendiendo que la obra de arte total abarca todo. En su salón, objeto de visita por las obras que decoraban sus muros, se hablaba de pintura, de literatura, de la sociedad y de los sucesos parisinos y del mundo. Un lugar de intercambio de ideas, de amistades, enemistades y rivalidades como la que enfrentará a Picasso con Matisse, debido a los recelos que en el malagueño levantaba la obra del pintor fauvista. Entre todas las obras del Salón Stein, destacaba "Mujer con sombrero azul" de Matisse, objeto de los celos de Picasso reclamando que ese sitio fuese ocupado por sus ahora afamadas "Señoritas de Avignon". Mientras Gertrude charlaba con los hombres sobre lo divino y lo humano, su compañera, amante, secretaria y biógrafa, Alice Toklas distraía a sus acompañantes femeninas, preparaba recetas imaginativas para invitados que también lo eran, pero también la innovación se adaptaba a las carencias de productos en los mercados, debido a la guerra.
"Mujer con sombrero" Henry Matisse
Y así, entre conversaciones, escritos, lienzos y recetas, el arte se fue abriendo paso, no sólo por parte de todos aquellos que allí se congregaban sino también a través de las composiciones a las  que Gertrude iba dando forma. Escritos extravagantes y rebeldes donde indagaba en nuevas formas literarias. Ambas, porque no se puede entender a Gertrude sin Alice, acogieron a aquellos escritores que bautizaron bajo el nombre de La generación pérdida. Y ambas contribuyeron a que ese rico y fructífero período lo fuese un poco más. 

Junto a ellas hubo otras cuyos nombres han quedado olvidados y que comienzan a recuperarse, como la arquitecta y diseñadora de interiores Eileen Gray. Su obra quedó eclipsada por la de Le Corbusier y su deseo de no pertenecer a ningún movimiento o escuela como la Bauhaus. Hasta hoy, su valoración, venía avalada como interiorista, pero la obra de esta irlandesa está siendo revisada y su papel en la arquitectura sacado a la luz. Mujeres, que en su mayoría, no seguían los cánones establecidos para ellas, mujeres fuertes que luchaban contra corriente tanto en su vida pública como personal, que no quisieron supeditarse a la voluntad que imponía la sociedad de realizar obras que fuesen decorativas. Y esa fuerza la imprimieron en su obra ya sea pintura, escultura, arquitectura o el mundo de las letras, reivindicando con y a través de ellas un sitio en el mundo de la creación.

Quizá la pequeña de los Stein no llevó a París ni se impregnó del glamour de la ciudad del Sena, pero dejó una gran impronta de la cual hoy se sigue hablando.

En 1906 mientras Picasso seguía inmerso en la “etapa rosa”, Gertrude Stein le encarga su autorretrato, una obra que traerá más de un quebradero de cabeza a artista y a modelo, de la cual ninguno quedará conforme, máxime cuando Gertrude, en un arrebato, se cortó el pelo sumiendo en la desesperación al malagueño. Pero esa es otra historia... ¿O no? ¿O quizá nos habla de la fuerte personalidad de una mujer que elige ser representada como tal y no como hasta entonces lo habían sido las mujeres en marcados estereotipos?


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"El arte tiene la bonita costumbre de echar a perder todas las teorías artísticas" (Marcel Duchamp)